TAMARA MARTÍNEZ · AUTORA

Las historias nacen
donde las emociones
encuentran palabras.

NOVELAS · RELATOS · CUENTOS

Historias escritas para quedarse un poco más contigo.

Entrar en mi universo
Desliza para entrar en mi universo
Tamara Martínez, autora
TAMARA MARTÍNEZ · AUTORA

Hay historias que nacen para ser contadas y otras que acompañan a quien las escribe durante toda una vida.

Tamara Martínez Carrero descubrió muy pronto su pasión por la escritura. Durante años llenó cuadernos, carpetas y archivos digitales con personajes, ideas y relatos que nacían en cualquier momento. Algunas historias quedaron inacabadas, otras se perdieron por el camino, pero nunca desapareció el deseo de seguir escribiendo.

En 2010 publicó su primer libro en una plataforma digital gratuita. Años después retomó la escritura y decidió compartir esa pasión con sus hijos, con quienes ha autopublicado dos cuentos infantiles, fomentando juntos el amor por la lectura, la creatividad y la imaginación.

Su vida profesional transcurre en una empresa familiar, un camino muy distinto al de la creación literaria, pero que convive cada día con su imaginación y su amor por las historias.

Hoy inicia una nueva etapa con la publicación de Juego de Máscaras, el regreso a un sueño que nunca llegó a abandonar.

«Hay historias que nacen para ser contadas y otras que acompañan a quien las escribe durante toda una vida.»
Conoce mi historia

UNA NUEVA ETAPA

Cada historia guarda
un mundo.

Historias nacidas de la imaginación, de los sueños y de todo aquello que merece permanecer entre páginas.

PRÓXIMAMENTE LA PORTADA
SE DESVELARÁ
17 · 09 · 2026

NOVELA · 17 SEPTIEMBRE 2026

Juego de Máscaras

La marquesa de Castonegro

Valeria aprendió que en la alta sociedad las apariencias lo son todo.

Convertida en marquesa de Castonegro, descubre que el destino puede esconder encuentros capaces de cambiarlo todo.

Entre títulos, secretos y sentimientos que no deberían existir, Valeria tendrá que decidir cuánto está dispuesta a arriesgar por aquello que realmente desea.

Porque hay amores que nacen en silencio… y máscaras que no pueden ocultarlo todo.

La portada definitiva y los detalles de compra se desvelarán próximamente.

HISTORIAS COMPARTIDAS EN FAMILIA

También he escrito
para los más pequeños.

Junto a mis hijos he autopublicado dos cuentos infantiles, compartiendo con ellos el amor por la lectura, la creatividad y la imaginación.

Portada de Un balón, un equipo y un sueño

CUENTO INFANTIL · SERGIO GARCÍA Y TAMARA MARTÍNEZ

Un balón, un equipo y un sueño

Una historia infantil nacida para compartir el valor de los sueños, el esfuerzo y el trabajo en equipo.

Portada de Los Hermanos Lío y Solución: El Gran Invento de Lío

CUENTO INFANTIL · SARA GARCÍA Y TAMARA MARTÍNEZ

Los Hermanos Lío y Solución

El Gran Invento de Lío

Una aventura infantil llena de imaginación, creatividad y soluciones inesperadas.

EL RINCÓN LITERARIO

Historias que
permanecen.

Historias pequeñas, recuerdos, emociones y momentos que merecen ser contados.

Nuestra Zahara

RELATO DESTACADO

Nuestra Zahara

La playa de los recuerdos · Concurso de Álvaro Seijo Mayoral

Una historia de amor, memoria y despedidas. Un lugar que fue testigo de una vida compartida y que, después de la pérdida, se convierte en el último refugio de un amor que se niega a desaparecer.

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COLECCIÓN

Lo que pasa
mientras vivimos.

Historias pequeñas sobre emociones cotidianas, silencios, pérdidas y esos instantes invisibles que terminan cambiándonos.

La silla vacía

La silla vacía

Colección · Lo que pasa mientras vivimos

Hay ausencias que no llegan de golpe. Se quedan sentadas en los lugares cotidianos.

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El helado

El helado

Colección · Lo que pasa mientras vivimos

Hay momentos pequeños que parecen insignificantes. Y, sin embargo, a veces la vida entera se esconde ahí.

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Nuestra Zahara

La playa de los recuerdos · Concurso de Álvaro Seijo Mayoral

Nuestra Zahara

Era el verano de 2025, en la playa de Zahara de los Atunes, la playa en la que tanto había
jugado, vivido y amado. En la que despedía a mi mitad, la persona con la que tanto había
vivido y tanto me quedaba por vivir…

Fue en esa misma playa, veinte años antes, donde nos conocimos. Él tenía 17 años y yo 16.
Eran las fiestas del pueblo y todos estábamos disfrutando en la verbena de la playa. Yo estaba
con mis amigas, las del pueblo de toda la vida. Vivía en Cádiz, pero todos los veranos los
pasaba con mi abuela en Zahara. Allí la vida corría más despacio, con calma. Era… más
vivida.

Él llegó arrastrando los pies en la arena, jugando con sus amigos, abrazos, empujones… lo
típico que hacen los chicos cuando quieren llamar tu atención. Una de mis amigas me avisó:
“Está ahí”. Yo ya lo había visto llegar, aunque me hice la disimulada. Llevaba años coladita
por él, pero en silencio.

Se acercaron a nosotras y comenzamos a bailar todos juntos. La noche pasó lenta y rápida a la
vez; lenta porque el tiempo con él se me hacía eterno, rápida porque cuando me quise dar
cuenta el sol ya aparecía por el horizonte del mar.

Me preguntó si me acompañaba a casa y yo, reprimiendo mis ganas de abrazarlo por haber
conseguido lo que tanto quería, sonreí y le dije que sí.

Íbamos caminando por las calles solitarias, uno al lado del otro, en silencio. Casi llegando a
casa de mi abuela, me cogió la mano mientras caminábamos. Yo la acepté y la acaricié. Ese
fue el principio de nuestra historia.

Al terminar el verano yo tuve que volver a Cádiz. Él se quedó en Zahara; vivía allí todo el
año, qué suerte la suya. Durante el tiempo que no estábamos juntos nos llamábamos por
teléfono, nos escribíamos correos electrónicos… deseando que llegara de nuevo el verano.

Cada verano con él era maravilloso: nuestras largas tardes paseando por la playa de la mano,
las noches de fiesta y amigos en los chiringuitos, las madrugadas acurrucados sobre la arena,
hablando, besándonos, acariciándonos. Cuanto añoro eso ahora mismo… cuánto daría solo
por poder cogerle la mano, o tan siquiera mirar esos ojos intensos con los que él me miraba.

Pasaron los años y nos casamos. Fue un 12 de julio y, por supuesto, en Zahara, en la arena,
con el mar de fondo y una puesta de sol preciosa a nuestro alrededor. Qué bonitos recuerdos
guardo siempre en mi mente, cómo disfrutamos ese día.

Por nuestros trabajos, más bien por el mío, tuvimos que quedarnos a vivir en Cádiz, pero nos
compramos una casita en Zahara. Allí pasábamos todos los veranos. Era nuestro lugar,
nuestra esencia.

Dos años después llegó a nuestras vidas nuestra Lucía. Se parece tanto a él… Y ese mismo
año llegó también la peor visita de nuestras vidas. Se instaló con nosotros, arrasando todo lo
que habíamos conseguido e interrumpiendo aquello tan bonito que teníamos.

Fue una mañana de octubre cuando, después de varias semanas de pruebas, el médico
pronunció la palabra que nos partió en dos.

Cáncer.

Así, sin adornos. Sin anestesia.

Al principio pensábamos que era una batalla ganada. Nosotros podíamos con todo y él era
muy joven. El médico nos dio buenas esperanzas; todo parecía tener un buen camino. Pero el
cáncer no entiende de promesas hechas en la arena ni de veranos eternos.

Él empezó a apagarse como una puesta de sol lenta. Sin ruido. Sin quejas. Lo notabas porque
ya no podía coger a la niña en brazos con la misma fuerza, en que dejó de salir a correr por la
playa porque ya no tenía fuerzas. Empezó a adelgazar demasiado deprisa. Apenas comía. Y
yo fingía no darme cuenta.

Las noches se llenaron de silencios incómodos y miradas que lo decían todo sin atreverse a
nombrarlo. Yo aprendí a ser fuerte delante de él. Me eché todo a las espaldas e intenté con
todas mis fuerzas que volviera a ser el mismo de siempre. Solo Dios sabe cuánto lo intenté.
Aunque, cuando me quedaba sola, me derrumbaba por dentro. Lloraba en la ducha para que
no me oyera. Lloraba en el coche antes de subir a casa. Lloraba en silencio, como si así
pudiera engañar al destino.

Una noche, la niña dormía y el silencio de la casa era más grande que nosotros dos. Me pidió
que me sentara a su lado.

—Cuando ya no esté aquí con vosotras —me dijo con esa entereza que solo tienen los que ya
han aceptado lo inevitable—, llévame a Zahara, al lugar donde más felices fuimos. Quiero
rozar tu cuerpo cada vez que te bañes en sus aguas saladas.

Durante unos segundos me quedé en silencio, intentando tragar el nudo que se formó en mi
garganta. No quería llorar. Después le prometí que así lo haría. Él sonrió, como siempre hacía
cuando estaba conmigo.

Los meses pasaron entre hospitales, tratamientos y falsas esperanzas. Se fue en silencio,
como se apagan las olas cuando el viento cae. Yo le sostenía la mano. Esa misma mano que me
cogió aquella madrugada después de la verbena, cuando éramos solo dos adolescentes con
más verano que miedo.

Hoy estoy aquí.

Han pasado unos meses desde que lo despedimos. Tengo el mar frente a mí. Zahara sigue
igual: el mismo olor, la misma arena… pero nosotros ya no somos los mismos.

Abro la urna. El viento sopla suave. Cierro los ojos y veo los suyos y, por un instante, vuelvo
a tener 16 años.

Las cenizas se mezclan con la bruma del mar.

Y entiendo que nuestra historia no terminó. Solo cambió de forma.

Porque hay amores que no se entierran.
Se quedan en la orilla de nuestra Zahara.

Tamara Martínez Carrero
@tamaramartinez.escribe

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La silla vacía

Colección · Lo que pasa mientras vivimos

La silla vacía

La silla llevaba ahí semanas.

Nadie la había movido desde el día del entierro. Ni acercado a la mesa, ni apartada del todo. Simplemente estaba, un poco torcida, como si alguien hubiera salido un momento y fuese a volver.

María seguía poniendo dos tazas de café por la mañana.

La segunda se enfriaba siempre.

Al principio no se daba cuenta. Preparaba el desayuno como cualquier otro día: el pan tostado, la mantequilla, el café. Se sentaba, daba un sorbo y entonces miraba enfrente.

La taza intacta.

Entonces recordaba.

Los primeros días lloraba.

Después dejó de hacerlo.

No porque doliera menos, sino porque el cuerpo no puede sostener el dolor todo el tiempo sin romperse.

Su hija le dijo que quitara la silla.

—Mamá, no tiene sentido.

María no respondió. Solo la miró como si no entendiera el idioma.

Esa tarde, cuando se quedó sola, entró en la cocina y se sentó en su sitio. Miró la silla vacía durante un rato largo.

Pensó en levantarla, en guardarla, en hacer lo que se supone que hace la gente cuando alguien ya no está.

Pero no lo hizo.

En lugar de eso, habló.

—Hoy he salido a comprar —dijo en voz baja—. Han subido el precio del pan otra vez.

Silencio.

Esperó.

No como quien imagina, sino como quien recuerda exactamente cuánto tarda alguien en contestar.

—Sí… yo también creo que es una barbaridad —añadió.

Se quedó ahí, sosteniendo una conversación que ya no existía.

O quizá sí, pero en otro sitio donde ella todavía no sabía mirar.

Entonces, sin saber por qué, se le vino a la cabeza una mañana cualquiera. De hacía años.

Él llegando tarde, refunfuñando por el café frío.

Ella sin levantar la vista del plato.

—Si llegaras a tu hora…

—Si no estuviera todo hecho cuando llego, dirías otra cosa.

Y así, todos los días, pequeñas discusiones sin importancia.

Palabras dichas por costumbre.

Respuestas que no escuchaban del todo.

María bajó la mirada.

—Nunca te pregunté si el café te gustaba así.

La frase se quedó flotando en la cocina.

Por primera vez en semanas, no esperó respuesta.

Entendió algo que no había querido ver: no era la muerte lo que más le dolía, sino todo lo que se había quedado sin decir cuando aún había tiempo.

Se levantó despacio.

Recogió la mesa.

Lavó las dos tazas.

Esta vez, las secó juntas.

Antes de irse, miró la silla.

La tocó con la mano, con cuidado, como si aún pudiera molestarle.

—Mañana solo pondré una taza —dijo.

Hizo una pausa.

—Pero voy a aprender a beberla despacio.

Apagó la luz.

La silla se quedó en su sitio.

Ya no esperando.

Solo siendo una silla.

La silla se quedó en su sitio.
Ya no esperando.
Solo siendo una silla.

✨ Lo que pasa mientras vivimos es una colección de historias pequeñas sobre emociones cotidianas, silencios, pérdidas y esos instantes invisibles que terminan cambiándonos sin que nos demos cuenta.

☕ Gracias por leerme.

💌 @tamaramartinez.escribe

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El helado

Colección · Lo que pasa mientras vivimos

El helado

—Se te está cayendo.

—No.

—Que sí.

El niño miró su helado con desconfianza.

Todavía no caía.

Pero estaba a punto.

—No pasa nada —dijo, convencido.

Dos segundos después, la bola de arriba se deslizó lentamente… y cayó al suelo.

Plop.

Silencio.

El niño se quedó mirando el desastre.

Luego levantó la vista hacia su madre.

No lloró.

Todavía.

—Se ha caído —dijo.

—Ya lo veo.

Pausa.

—Era el mejor —añadió él.

La madre asintió, conteniendo una sonrisa.

—Siempre es el mejor.

El niño apretó el cono con más fuerza.

—Ya no quiero.

—Claro que quieres.

—No.

Silencio.

De esos en los que uno decide si el mundo se acaba… o no.

En el banco de al lado, un hombre los observaba.

Sin parecer que miraba.

Con un helado en la mano que no había empezado.

—Podemos pedir otro —dijo la madre.

El niño negó con la cabeza.

—Ya no será igual.

Ella se encogió de hombros.

—Puede.

Pausa.

—O puede que sí.

El niño miró el suelo otra vez.

Luego su helado.

Luego a su madre.

—¿A ti también se te han caído cosas? —preguntó.

La madre soltó una pequeña risa.

—Muchas.

—¿Y qué haces?

Ella lo miró.

No respondió enseguida.

—A veces me enfado.

—¿Y luego?

—Luego… pido otro helado.

El niño dudó.

—¿Y si también se cae?

La madre sonrió.

—Pues me enfado otra vez.

El niño no se rió.

Pero algo cambió.

Pequeño.

—Vale —dijo al final.

El hombre del banco bajó la mirada a su helado.

Seguía intacto.

Perfecto.

Como si nada pudiera salir mal.

Lo miró unos segundos.

Luego se levantó.

Se acercó al niño.

—Toma —dijo, ofreciéndoselo.

El niño abrió los ojos.

—¿Es para mí?

—Sí.

—Pero es tuyo.

El hombre negó despacio.

—Ya no.

El niño miró a su madre.

Ella asintió.

—Da las gracias.

—Gracias.

El hombre sonrió un poco.

—Cuidado… que ese también tiene pinta de caerse.

El niño lo cogió con las dos manos.

Fuerte.

—No se va a caer.

El hombre se encogió de hombros.

—Eso esperamos.

Volvió a su banco.

Se sentó.

Miró sus manos vacías.

No parecía molesto.

El niño empezó a comerse el helado.

Más despacio esta vez.

Más atento.

—Mamá…

—¿Qué?

—Si se cae… pedimos otro.

Ella sonrió.

—Claro.

El hombre cerró los ojos un momento.

Como si necesitara parar un segundo.

Nada más.

Porque, a veces, la vida no se arregla.

Pero se parece un poco más cuando decides no quedarte mirando lo que se ha caído.

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